Y aquí, desde hace mucho, nada sucede.
Solo me sucedes tú. Tu ausencia, mis delirios.
Esa loca idea de encontrarte en cada paso mientras camino
y
en las esquinas de la habitación donde nada acontece desde tu huida.
A veces, sólo a veces mientras tomo café te recuerdo
y
entonces agrego una cucharada más de azúcar para endulzar el momento.
Me pasa que no te entiendo, ni ahora que no estás, ni cuando
estabas lo hacía.
Busco entre mis cosas algo que te invoqué, te materialice.
Pero nada hay que se te asemeje, que se te parezca. Nada.
Eres de esos, que cuando se marchan se llevan más que sólo
su presencia.
Debí saberlo, o al menos sospecharlo.
Sucede que me estoy acostumbrando a extrañarte.
No presento indicios en mí de querer olvidarte. Sucede que
tal vez no quiero hacerlo.
Se presenta esporádicamente un cosquilleo de llamarte,
aunque no contestes.
Tan solo para que sepas que estoy presente,
que del otro
lado mis deseos te buscan desesperadamente.
Busco generar la duda, la inquietud de volver en tu mente.
Días como hoy, y como muchos, difumino mis ganas de ti entre
mis versos,
disfrazo mis reclamos para
que un día si me lees entiendas que esto es de lo que hablo. Lo que siento.
No tengo otra manera de decirlo, mi única arma es está necesidad
de poesía que tengo.
Como hacerte entender que nada ha pasado, sólo tiempo.
Podrías volver si lo quisieras, y aquí todo estaría igual.
Mis manos seguirían nerviosas acariciando tu cabello.
Y mis labios esperarían siempre el momento oportuno para darte
un beso.
Las líneas entre tus manos y mis manos seguirían dibujando
constelaciones en el cielo.
Mi tacto aún no te olvida y tampoco quiere hacerlo.
Mis gestos, mis manos,
aun buscan decirte algo en silencio.
Mi cuerpo aún espera abrazar tu cuerpo, espera que lo
atravieses.
Mi vibración te convoca cada luna llena que parece vacía.
Si quieres o no puedes volver, para mí nunca te fuiste del
todo.
Sólo hay algo que necesitas saber antes de volver,
aquí, en
mí, lo único que sucede desde que no estás eres tú.